jueves, 27 de marzo de 2014

Ameghino Florentino (1854-1911)


Florentino Ameghino nació en Luján, provincia de Buenos Aires, el 18 de setiembre de 1854 según la mayoría de sus biógrafos y familiares, o en Tessi, fracción de Moneglia, Italia, el 19 de setiembre de 1853, como sostienen algunos investigadores basados en una partida de nacimiento mostrada por la Iglesia, a nombre de Juan Bautista Fiorino José Ameghino. La misma podría haber pertenecido a un hermano mayor fallecido durante la larga travesía desde Italia, pues los familiares afirmaban que los padres de Ameghino, Antonio Ameghino y María Dina Armanino, llegaron al país sin hijos.





Los primeros años de Ameghino tuvieron como panorama habitual las barrancas del río Luján en las cuales halló gran cantidad de restos fósiles y pronto la gente lo apodó ¨el loco de los huesos¨. Exploró las mismas barrancas en las que varios años antes había trabajado el Doctor Francisco Xavier Thomás de la Concepción Muñiz (1795-1871). Hizo sus primeros estudios en medio de la mayor pobreza, situación que no cambió demasiado a lo largo de su vida. Tenía tan sólo 14 años cuando leyó las obras de Darwin y Lyell. Leía en castellano, italiano y francés, este último idioma lo aprendió de la mano del Señor Tapie y de su maestro, el director de la Escuela Municipal de Mercedes, Carlos D’Aste. El francés en particular le permitió acceder a los últimos descubrimientos científicos de la época. A los 16 años fue designado preceptor en la escuela número 2 “General San Martín” de Mercedes, donde luego ocupó el cargo de director.

A los 21 años de edad publicó dos artículos en dos diarios locales y para octubre de 1875 logró que en la revista parisina Journal de Zoologie le publique los tres principales párrafos de una carta que le envió a Gervais comentando los resultados obtenidos. Por esos tiempos también le era otorgado un premio en la Primera Exposición Científica de Buenos Aires.

En 1878 viajó a Europa y allí exhibió su colección paleontológica en la Exposición Universal de París, donde fue la admiración de los científicos más importantes de su época y obtuvo el reconocimiento que en Argentina se le negó. A los 23 años, en 1877, publicó: Antigüedades indias en la Banda Oriental y dos años más tarde tuvo una gran actuación en el Congreso de Americanistas de Bruselas. En 1880 aparecieron sus obras tituladas: Los mamíferos fósiles de la América Meridional, en colaboración con Gervais, y La Formación Pampeana.

Durante su estadía en Europa, Ameghino se vio obligado a vender una colección de fósiles a ciento veinte mil francos y con una parte de ese dinero publicó: La antigüedad del hombre del Plata (primera edición 1880-1881). Muchos de los fósiles que integraron esa colección fueron adquiridos por el famoso y acaudalado paleontólogo americano Cope. A tres años de su partida, regresó al país consagrado por la opinión de los más distinguidos naturalistas y casado con la joven parisina Leontina Poirier, pero tan pobre como partió. Como si fuera poco, a su llegada se encuentra que lo habían desplazado de su cargo de director de la escuela de Mercedes. Al gran científico que representó con honores a nuestro país ni siquiera le conservaron su puesto de trabajo. Fue entonces, en 1882, cuando no tuvo más remedio que dedicarse al comercio e instaló una pequeña librería y papelería bautizada como ¨Librería El Glyptodon¨ en la ciudad de Buenos Aires, inicialmente en una casona situada entre Rincón y Paso, y más tarde trasladada a la calle Rivadavia, entre Ombú (actual Pasteur) y Azcuénaga. En la trastienda de dicho comercio el sabio continuó reuniendo materiales de estudio.

Su actuación en la Universidad de Córdoba y en el Museo de La Plata 
En 1884 escribió Filogenia donde dio cuenta de su adición al evolucionismo, provocando un gran revuelo en el ambiente científico nacional, a tal punto que Mitre hizo referencia de esta obra en el diario La Nación y la Universidad de Córdoba lo llamó a ocupar la Cátedra de Zoología para poco después otorgarle el título de doctor honoris causa. Su actuación en Córdoba (1885-1886), aunque breve, fue muy eficaz. Cumplió por entonces una doble función, la de investigador y la de docente de una cátedra que casi no tenía alumnos y carecía totalmente de infraestructura. Colaboró en el Boletín de la Academia de Ciencias desde el momento en que fue designado miembro de la Comisión Directiva. Publicó allí sobre los nuevos hallazgos de fósiles logrados por Scalabrini en Paraná y un informe sobre el Museo Antropológico y Paleontológico de la Universidad cordobesa, del que fue fundador.


El 8 de julio de 1886, por solicitud del fundador del Museo de La Plata y por entonces director vitalicio Francisco Pascasio Moreno (1852-1919), se designó a Florentino Ameghino como subdirector y secretario de esa institución. El sabio aportó su colección para enriquecer el departamento de paleontología del nuevo museo, mientras que su hermano Carlos tomó el puesto de naturalista viajero y comenzó sus exploraciones por la Patagonia donde realizó importantes descubrimientos. Pero esto no duró más de un año, ya que ciertas diferencias profesionales hicieron que Moreno exonerara al sabio de su puesto oficial y le prohibiera terminantemente la entrada al museo, censura que fue levantada recién en 1904. Su paso por esta institución fue tan breve que no llegó a publicar ni un solo trabajo en los Anales o en la Revista. Ameghino que había abandonado su cátedra en Córdoba por aceptar el cargo en el museo quedó nuevamente en la calle. Dichas circunstancias explican claramente la escasez de novedades científicas en sus publicaciones durante 1888, las cuales se limitaron a rápidas diagnosis. Al quedar sin trabajo y sin dinero para sus investigaciones tuvo que recurrir a fundar nuevamente una librería, esta vez en la ciudad de La Plata con el nombre de ¨Librería Rivadavia¨, la cual se ubicó en la calle 60 número 795. Al tiempo que por tercera vez volvió a iniciar una colección de fósiles.

Fue en 1889 cuando publicó, después de atravesar grandes penurias y gracias al apoyo de la Academia de Ciencias de Córdoba, su obra: Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina, la cual era acompañada de un atlas. Esta obra la escribió en tan solo 14 meses y le valió una medalla de oro y diploma de honor en la Exposición Universal de París de 1889 y reconocimientos similares recibió en la Exposición de Chicago en 1892. Durante ese período de alejamiento y de grandes dificultades económicas, publicó más de la tercera parte del total de sus trabajos.

En Buenos Aires se reunía a menudo con sus amigos Estanislao S. Zevallos, Eduardo L. Holmberg (compañero de aventuras en el viaje al Chaco) y Juan B. Ambrosetti (fundador de nuestra arqueología), con el apoyo de los cuales Ameghino buscó crear un movimiento a favor del estudio de las ciencias y así lo hace, en 1891, fundó la Revista Argentina de Historia Natural. A este emprendimiento se sumaron otros estudiosos como Bodenbender, Lynch Arribálzaga y Kurtz. Dicha empresa tuvo una vida muy corta, pero en los seis números que fueron editados se reunieron interesantes trabajos.
La Crónica Científica de Barcelona editó algunos de sus trabajos y más tarde, en 1893, también lo hicieron la Revue Scientifique, el American Narturalis y la Revue Génerale des Sciences pures et apliquées.

Hacia 1892, Ameghino ofreció al Dr. Juan Balestra, por ese entonces ministro de justicia e instrucción pública, donar su colección al Estado a cambio del cargo de director en el Museo Nacional, lo cual no se concretó. Al año siguiente la revolución radical exoneró a Moreno de la dirección del Museo de La Plata y designó en su lugar a Ameghino, pero la revolución fracasó y el sabio no llegó a ocupar el cargo. Para subsanar el estancamiento de sus investigaciones por la caótica situación económica tuvo que sacrificar setenta piezas de su colección, las cuales vendió al gran estudioso Zittel por cinco mil francos, dichas piezas fueron destinadas a un museo en Munich. Atravesando todo tipo de penurias publica, en 1894, su obra: Enumération synoptique des espéces mamiféres fossiles des formations éocénes de Patagonie.

En 1895 ofreció nuevamente sus colecciones, esta vez a la provincia de Santa Fe, lo cual quedó solamente como proyecto. Sin ninguna salida posible en el país dirigió su mirada el exterior y se vio obligado a ofrecer al Museo Británico una colección de aves fósiles integrada por unas 380 piezas, por la cual recibió una remuneración de 350 libras esterlinas. Esta actitud jamás hubiera sido adoptada por el sabio si no fuera por la necesidad de recaudar los fondos para continuar sus investigaciones, ya que siempre primó en él un interés puramente científico.
En el transcurso de 1895 Ameghino pudo publicar otra de sus obras, en esa oportunidad sobre las aves fósiles de la Patagonia y lo hizo en el Boletín del Instituto Geográfico Argentino. También publicó en el tercer tomo de la Revista del Jardín Zoológico, (de la cual fue un gran colaborador desde su creación en 1893), un profundo estudio sobre edentados fósiles de Argentina, en la cual examinó críticamente los resultados de Lydekker.

En 1896 aparecieron sus Notas sobre cuestiones de geología y paleontología argentina (las cuales fueron reproducidas a comienzos de 1897 en Geological Magazine por Smith Woodward, quien le anexó sus observaciones). La Academia Nacional de Ciencias de Córdoba le editó otro de sus trabajos, que trató sobre la evolución de los dientes en los mamíferos.

La Natural Science de Londres y la Revue Scientifique de París se disputaron el honor de contar con su firma y el Bulletin de la Société Geólogique de France publicó, por interés de Gaudry, su estudio sobre la causa del avance y retardo en el desarrollo de los molares en mamíferos.

El 14 de febrero de 1897 al constituirse las autoridades de la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad Platense fue designado vocal del Consejo Académico y el 18 de abril del mismo año el gobernador Udaondo declaró inaugurada dicha Universidad e invitó a Ameghino a dictar la primera conferencia. También fue tiempo más tarde vicedecano y académico de la Facultad de Agronomía y Veterinaria.

En el transcurso del año 1897 propuso un cuadro general de las migraciones de mamíferos fósiles desde la Patagonia hacia el resto del mundo. Esa hipótesis ha sido rechazada por la falta de evidencias que la sustenten.
En 1899 comenzó a colaborar con La Pirámide, una publicación platense, y aparecieron así sus tres famosos ensayos sobre Los infinitos. Su concepción del Universo se fundamentó en la existencia de cuatro infinitos: el infinito espacio, ocupado por el infinito materia, en infinito movimiento, en sucesión del infinito tiempo.

Para 1900 el Boletín de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba publicó sus notas preliminares sobre ungulados y comienza la publicación de L´Age des formations sédimentaires de Patagonie, la cual se editó en distintas entregas hasta 1903. Esta última obra fue reproducida por la Revue de Paléozologie.
Desde 1891 fue miembro correspondiente de la Sociedad Nacional de Ciencias Naturales y Matemáticas de Cherburgo (Francia), desde 1894 de la Sociedad Científica de Chile, desde 1898 de la Sociedad de Zoología de Londres, y desde 1903 miembro del Instituto Histórico y Geográfico de San Pablo (Brasil). Fue también miembro activo de la Junta de Historia y Numismática de Buenos Aires.
Al comenzar el año lectivo de 1902, la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad de La Plata resolvió llamarlo a su seno para confiarle la Cátedra de Mineralogía y Geología. Poco tiempo después Joaquín V. Gonzalez, que ocupaba el cargo de ministro de justicia e instrucción pública, ofreció a Florentino Ameghino la dirección del Museo Nacional, la cual estaba vacante tras la muerte del entomólogo Dr. Carlos Berg. Durante sus nueve años al frente del Museo, desde 1902 hasta su muerte en 1911, se ingresaron a las colecciones setenta y un mil piezas y se publicaron quince volúmenes de los Anales. Estas nominaciones finalmente le dieron, al menos en parte, el reconocimiento postergado durante tantos años. Le ofrecieron otros diversos nombramientos: en 1904 como vocal del Primer Consejo Directivo del Instituto Superior de Agronomía y Veterinaria de Buenos Aires, al año siguiente como catedrático titular de antropología en la Facultad de Filosofía y Letras (cargo que no aceptó alegando su interés en consagrarse por completo al Museo Nacional de Buenos Aires) y en 1906 como jefe de sección y miembro del Consejo Académico del Museo de La Plata y también profesor de geología en dicha casa de altos estudios.

En 1906 aparece otra de sus obras de estirpe filosófica, a la cual tituló: Mi Credo.
Desgraciadamente entre 1899 y 1903 el estado de salud de Ameghino se tornó bastante crítico y en 1908 con la muerte de su esposa el gran sabio cayó en una profunda depresión, de la cual nunca logró recuperarse.

Fuera de los congresos llevados a cabo en Francia, Italia y Bélgica de los cuales participó en su juventud y del llevado a cabo en Buenos Aires durante 1899, no había participado de otros eventos. Pero durante 1909, su propio prestigio lo obligó a participar en un congreso en Santiago de Chile y del Congreso Internacional de Americanistas que se reunió en Buenos Aires en el transcurso de 1910. Los últimos tres años de su vida los dedicó, casi exclusivamente, a los restos que él atribuyó a los precursores del hombre. Bajo la orientación de sus investigaciones a dicha temática aparecieron en 1907 sus Notas preliminares sobre el Tetraprothomo argentinus y en 1909 Le Dipothomo platensis, un précurseur de l´homme du pliocéne inférieur de B. Aires.

La publicación de su obra: La antigüedad del hombre en la República Argentina, publicada en el tercer tomo de la revista Atlántida y el trabajo editado por el museo sobre la edad de las formaciones sedimentarias del Terciario en la Argentina en relación al problema de la antigüedad del hombre, anunciaron su despedida. No obstante continuó trabajando y dejó prácticamente concluido su trabajo sobre el origen poligénico del lenguaje, que apareció hacia fines de 1911 en el noveno tomo de los Archivos de Pedagogía y Ciencias Afines, de la Universidad de La Plata, bajo la dirección de Mercante.

Florentino Ameghino, según su amigo Senet, solía levantarse a las cinco de la mañana en verano y cerca de las seis en invierno, se ponía a escribir hasta casi las nueve, almorzaba y tomaba el tranvía hasta la estación del ferrocarril, ubicada por entonces en el actual Pasaje Dardo Rocha. Tomaba el tren de las nueve y treinta y cinco. Mientras llegaba a Buenos Aires aprovechaba para leer y corregir sus escritos. Una vez en la estación Tres Esquinas tomaba el tranvía número once que lo dejaba en el Museo Nacional. Trabajaba allí entre las once y las diecisiete y quince. Regresando a la ciudad de La Plata en el tren de las diecisiete treinta y cinco. Cenaba y terminaba la jornada leyendo o escribiendo desde las veintiuna y quince hasta las veinticuatro. Los domingos escribía sin pausa. En una carta enviada a Ihering en 1899 exponía: ¨Tiempo, tiempo, tiempo es lo que me falta, voluntad me sobra¨. No visitaba a nadie, no lo hacía para que no le devolvieran el gesto, porque todo el tiempo lo dedicaba al trabajo. Nunca concurría a un club, ni a una confitería, no asistía a espectáculos deportivos y si alguna vez iba al teatro era para acompañar a su amada esposa. Sólo así puede explicarse como economizó su tiempo para concretar una monumental obra.

Florentino fue un hombre de gabinete que amaba realizar sus tareas en soledad, necesitó entonces de un colaborador dedicado, que continuamente recorriera la Patagonia y sin lugar a dudas lo halló en su hermano Carlos, doce años menor que él. Sin Carlos los descubrimientos de Florentino no hubiesen alcanzado los niveles a los que llegaron, por lo cual es apropiado hablar de la Obra de Los Ameghino. Su hermano también cumplió un papel protagónico para la paleontología de vertebrados, viajando a los más recónditos lugares del país y en las condiciones más deplorables a la búsqueda de nuevos hallazgos.

Al momento de su muerte, Florentino Ameghino se había convertido en un paradigma, iluminando mediante sus conocimientos a las generaciones venideras y proporcionando en su vida ejemplar el modelo a seguir por hombres y mujeres de la ciencia argentina.

Su obra lo inmortalizó, publicó numerosos trabajos, algunos de los cuales estaban integrados por cientos de páginas, clasificó y organizó valiosas colecciones, redactó cientos de anotaciones, apuntes y cartas a colegas, además de sus tantas participaciones protagónicas en el seno del ambiente científico de la época. Todo esto logrado, mayormente, en la absoluta pobreza y marginación. En lo que a las colecciones se refiere, Ameghino expuso en una carta que dirigió a Moreno allá por 1881: ¨Los materiales que he recogido y los que tenga ocasión de recoger más tarde, no me pertenecen, son de propiedad de todos los que quieran estudiar. Quedan, pues, siempre a su disposición, aunque sea para combatir algunas de mis opiniones o corregir algunos de mis errores¨.
Dejó en evidencia una admirable visión de futuro que mantuvo a lo largo de toda su vida y que le permitió proyectar sus enseñanzas más allá de su época. Demostró que su único interés radicaba en la búsqueda de la verdad aunque en ocasiones ésta no lo favoreciera. Así lo atestigua la siguiente frase de su autoría: “Cambiaré de opinión tantas veces y tan a menudo como adquiera conocimientos nuevos, el día que me aperciba que mi cerebro ha dejado de ser apto para esos cambios, dejaré de trabajar. Compadezco de todo corazón a todos los que después de haber adquirido y expresado una opinión, no pueden abandonarla nunca más”.

En su domicilio particular de la ciudad de La Plata, situado en calle 11 número 1344, esperó su muerte, la cual aconteció el 6 de agosto de 1911 a las 8.20 horas. Tres días antes de que el hecho sucediera el diario La Reforma anunciaba que Ameghino había muerto, noticia que el sabio tomó con humor. Su fallecimiento fue producto de complicaciones resultantes de una diabetes, agravada por su resistencia a ser intervenido quirúrgicamente, ni siquiera aceptó la morfina, prefiriendo las punzadas tan dolorosas de la gangrena. Fue tal su desinterés por continuar viviendo que se opuso terminantemente a cualquier tratamiento a tal punto que amenazó con suicidarse. Dejó a un lado su propia salud para abocarse de lleno a su labor de legar conocimientos, tal como lo hizo a lo largo de toda una vida de privaciones y renunciamientos.

Al día siguiente de su fallecimiento, el 7 de agosto, el gobierno de la provincia decretó: que la bandera debía permanecer a media asta en los edificios públicos de la provincia, que el ministro de gobierno debía concurrir al sepelio en representación del poder ejecutivo y que se enviaría una nota de condolencias a los deudos del sabio por tan sensible fallecimiento que privó a la Nación de una de las más ilustres personalidades científicas.

Su entierro fue sumamente concurrido, a pesar de que el gobierno no se manifestó a la altura de las circunstancias, sí lo hicieron las Universidades de La Plata y de Buenos Aires y las Sociedades Científicas. Sus restos se depositaron en el Panteón de los Maestros e hicieron uso de la palabra eminentes personalidades de la ciencia y la cultura de la época como Eduardo L. Holmberg, Victor Mercante, Juan B. Ambrosetti, José Ingenieros y otros. Merecen la pena ser destacadas las palabras empleadas por José Ingenieros en el discurso de despedida al sabio: "Muere en él la tercera vida ejemplar de nuestra centuria, Sarmiento, inagotable catarata de energía en las gloriosas batallas de nuestra emancipación espiritual. Mitre, que alcanzó la santidad de un semidios y fue consejero de los pueblos. Ameghino, preclaro sembrador de altas verdades, cosechadas a filo de hacha en la selva infinita de la naturaleza¨... ¨Tenía que ser un sabio argentino, porque ningún otro de la superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable a la nuestra; tenía que ser de nuestro siglo, porque antes le hubiese faltado el asidero de las doctrinas darwinistas que le sirven de fundamento. No podía ser antes de ahora, porque el clima intelectual del país no era propicio a la obra antes de que la fecundara el genio de Sarmiento; y tenía que ser Florentino Ameghino, y ningún otro hombre de su tiempo, por varias razones. ¿Qué otro argentino hemos conocido, que reuniera en tal alto grado su actitud para la observación y el análisis, su capacidad para la síntesis y la hipótesis, su resistencia para el enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su desinterés por todas las vanidades que hacen del hombre un funcionario, pero matan al pensador?…".

A los tres días de su muerte, el 9 de agosto, el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública expidió un proyecto de ley pidiendo al poder legislativo que autorizara la construcción de un monumento conmemorativo de Ameghino, en el cual citaba ¨Llegó de la nada a la cumbre por sus propios esfuerzos¨ y el 18 de septiembre a las 8.45 horas se llevó a cabo el Funeral Civil en La Plata.

A fines de 1915, el por entonces director del Museo Nacional, Dr. Angel Gallardo, solicitó al Gobierno la adquisición de las colecciones, los manuscritos y la biblioteca del sabio para dicha institución, a la cual Ameghino había destinado los últimos años de su vida.

Sección de Paleontología de Vertebrados del Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia", donde actualmente se encuentra gran parte de las colecciones reunidas por Florentino y Carlos Ameghino. © A. Giacchino.
Florentino Ameghino era un hombre de gabinete que amaba realizar sus tareas en soledad, necesitó entonces de un colaborador dedicado, que continuamente recorriera la Patagonia. Sin lugar a dudas lo halló en su hermano Carlos quien recorrió esas áridas regiones desde 1887. Como dice Reig en su trabajo sobre la Paleontología de Vertebrados en la Argentina (1962) “...la empresa de Carlos Ameghino, y las expediciones simultáneas de Roth, revistieron contornos de epopeya, quizá sólo igualadas por expediciones paleontológicas como la que Grange dirigió, cinco lustros después, al Gobi y la Mongolia Interior”.

Sin Carlos la obra de Florentino no hubiese alcanzado los niveles a los que llegó, por lo cual es apropiado hablar de la Obra de Los Ameghino. Una obra monumental de innumerables trabajos, valiosas colecciones, cientos de anotaciones, apuntes y cartas a colegas, además de las tantas participaciones protagónicas en el seno del ambiente científico de la época. Todo esto logrado, mayormente, en la absoluta pobreza. Florentino no tuvo discípulos directos, pero su hermano Carlos, al frente de la Sección de Paleontología del Museo Nacional (ver nota), y más tarde en la dirección del mismo trasmitió el legado de su hermano y su propia experiencia a una nueva generación a la que pertenecieron Lucas Kraglievich, Alfredo Castellanos, Carlos Rusconi y Lorenzo J. Parodi.
Carlos Ameghino nació en Luján, provincia de Buenos Aires el 18 de junio de 1865 y recibió su primera educación en esa misma localidad entre 1871 y 1876. Desde un comienzo acompañó a su hermano Florentino en las excursiones que éste realizaba por las márgenes del río Luján y en 1885 ambos efectuaron un viaje de exploración al Chaco.

Cuando el 8 de julio de 1886 se designó a Florentino Ameghino como subdirector y secretario del Museo de La Plata, su hermano Carlos tomó el puesto de naturalista viajero y comenzó sus expediciones a la Patagonia. Fue así como en el seno de la institución platense realizó un primer viaje entre enero de 1887 y septiembre del mismo año. Recorrió el río Santa Cruz y llegó hasta el lago Argentino obteniendo importantes descubrimientos. Un año después realizó un segundo viaje para explorar la cuenca del Chubut. Por ciertas diferencias que se generaron con Francisco Pascasio Moreno tanto Florentino como Carlos se alejaron de sus respectivos cargos.
En octubre de 1889 Carlos realizó su tercer viaje a Patagonia. Exploró Chubut y Santa Cruz, cruzó el Alto Deseado, costeó el río Chico y recorrió el Sehuen retornando en mayo de 1890.

Eran tantos los descubrimientos que se obtenían de aquellas travesías por la árida meseta que Carlos realizó nuevos viajes para explorar las barrancas de la costa atlántica y Chubut. El cuarto lo llevó a cabo entre octubre de 1893 y julio de 1894, el quinto entre septiembre de 1894 y junio de 1895 y un sexto viaje entre octubre de 1896 y junio de 1897. Entre 1900 y 1904 realizó importantes hallazgos en las barrancas de Monte Hermoso, provincia de Buenos Aires.

En sus campañas a la Patagonia organizó una importante colección de moluscos fósiles con la finalidad de que mediante su estudio (a cargo del sabio Hermann von Ihering) se contribuyera a establecer una cronología de las distintas formaciones en las que él había trabajado. Así mismo también recolectó información sobre las lenguas de los pampas, tehuelches y araucanos, la cual fue utilizada por Dr. Roberto Lehmann-Nitsche. Estas no fueron las únicas facetas poco conocidas de Carlos, también armó un herbario con algunas nuevas especies para el Dr. Carlos Spegazzini y una muestra importante de paleobotánica para el Dr. Federico Kurtz.
El 26 de enero de 1903 y habiendo sido nombrado su hermano Florentino director del Museo Nacional, ingresó a dicha institución en carácter de naturalista viajero.
Carlos Rusconi (izquierda) y Carlos Ameghino (derecha). Fotografía tomada en la última excursión paleontológica que Carlos Ameghino realizó al río Luján, el 20 de diciembre de 1931.

Cuando en 1911 falleció Florentino Ameghino, el Dr. Angel Gallardo ocupó la dirección del museo y le ofreció a Carlos la jefatura de la Sección de Paleontología de Vertebrados. Más tarde lo sucedió al Dr. Gallardo que se alejó del cargo por la Presidencia del Consejo Nacional de Educación. Estuvo al frente de la entidad hasta 1923, año en que fue reemplazado por el Prof. Martín Doello Jurado. Durante sus años de desempeño en el museo trabajó intensamente en las barrancas de Miramar, provincia de Buenos Aires.

Carlos tuvo que afrontar durante su juventud grandes privaciones a tal punto que debió resignar su felicidad pues Florentino le prohibió que se casara. Tuvo que esperar a la muerte de su hermano mayor para contraer matrimonio con Ascencia Merello Armanino, (prima por vía materna).

En 1927 el Colegio Nacional le otorgó, por ley y debido a los servicios prestados al país, una jubilación especial pues la que cobraba por entonces no le alcanzaba para vivir dignamente. Carlos Ameghino publicó alrededor de unos 26 trabajos y una serie de notas cortas. Falleció el 12 de abril de 1936. Sus restos fueron depositados en la bóveda Ameghino-Salas, en el cementerio del oeste de la Capital Federal. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario